¿Quién soy Yo para ti?

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Sé que no me recuerdas, porque no conoces mi nombre.

Por lo tanto, Jesús y los que él hace santos tienen el mismo Padre. Por esa razón, Jesús no se avergüenza de llamarlos sus hermanos.” Hebreos 2.11

Efectivamente, el nombre designa, distingue y representa la persona. De tal forma que si me llamas por mi nombre y yo te llamo por el tuyo, nos rescataremos mutuamente del desamor del anonimato y se producirá en nosotros una verdadera simbiosis psicológica, afectiva y espiritual.

Autor: Wilma R. Bustamante C. Bachiller Superior en Teología, profesora STAT (1)Extractos de Escrito Hno. Bernardo Vergara, Estudiante STAT

¿Quién es para ti, aquel que muchas veces se sienta a tu lado, que no conoces su nombre, pero le llamas hermano?. El hombre es una burbuja vacía en el océano de la nada” así decía Sartre acerca del ser humano, y así pareciera que nuestros hermanos se han transformado en  un punto minúsculo en el vasto océano congregacional.  Nos sentamos juntos, cantamos y oramos en el mismo espacio y al mismo Dios, pero ignoro e ignoras mi nombre.  No me conoces.  No te conozco. Cuando él o ella se ausenta piensas y a veces articulas, el hermano(a) que se sienta en la tercera fila no ha venido.  No, no recuerdas su nombre, porque en realidad no lo conoces.

“Sabías que el nombre se aplica a los seres humanos (y a  las cosas) para designarlos y distinguirlos de los demás de su misma especie y de las demás especies.  En otras palabras, cada uno de nosotros es conocido y reconocido por su nombre (recordemos que en la palabra de Dios, el nombre expresaba lo que la persona era en cuanto a su carácter o rasgos esenciales de su personalidad. Así como Jacob significaba “pillo o engañador” o Bernabé, “hijo de Consolación”).

Efectivamente, el nombre designa, distingue y representa la persona. De tal forma que si me llamas por mi nombre y yo te llamo por el tuyo, nos rescataremos mutuamente del desamor del anonimato y se producirá en nosotros una verdadera simbiosis psicológica, afectiva y espiritual.

La Iglesia, la asamblea de aquellos que han sido llamados por gracia a ser parte de una nueva familia, se deben amor mutuo, aquel que han recibido como don en sus corazones, amor que ha sido derramado desde el mismo corazón del Padre para ser semejantes a él y  compañeros en la labor designada y confiada. Para algunos, la iglesia funciona como una empresa, de tal manera, que cualquiera puede ser reemplazado sino cumple o es “útil” para los intereses de esa entidad, total “nadie es imprescindible”.  Pero, con la comunidad de la fe no debe ser así,  cada vez que mi hermano (a) no está, la iglesia se empobrece, pues Dios ha impartido dones en cada uno de los suyos para edificar, fortalecer, alumbrar en medio de este mundo, dones que no son transferibles.  Si los hermanos faltan, no están, o no se sienten parte, nuestros lazos de unidad se hacen  frágiles y las fortalezas contra el mal se tornan más vulnerables.

El apóstol Pablo como consejo a la comunidad de Éfeso les recuerda la gracia admirable recibida. Ustedes no eran un pueblo, ahora lo son, estaban lejos de Dios ahora han sido hecho cercanos por medio de Cristo.  Cristo nos trajo paz, derribó los muros que les separaban de sus hermanos.  Les reconcilió y les hizo un solo pueblo mediante su muerte en la cruz, y la hostilidad que había entre ellos quedó destruida.   Así también con nosotros, nuestra unidad no es ideológica, ni filosófica, ni siquiera altruista.  Por medio de la fe en el evangelio se nos dio una nueva identidad para amar y ser amados,  para poner nuestra vida, tiempo, bienes en servicio de nuestros hermanos(as) y los que aún no son pueblo (iglesia), pero pronto lo serán.  Despojémonos entonces de la apatía, indolencia, egocentrismo. Endurezcamos nuestro corazón al pecado.  Dejemos que el Espíritu renueve nuestros pensamientos y actitudes. Seamos amables, de buen corazón y de la manera que Cristo nos perdonó hagámoslo también nosotros.

Es tiempo de cambiar. Nos presentaremos, y a partir de ese momento, me llamarás hermano, no sólo compartiremos la misma fe, sino que tú conocerás mi nombre y yo el tuyo, y no nos avergonzará llamarnos hermanos.  Pues Cristo pagó el precio no sólo para perdón de pecados, para guardarnos mientras caminamos en este mundo del mal.  Él nos hizo parte de una familia, con un Padre en común y un hermano mayor, primogénito entre muchos hermanos, los que ya están y de los que pronto se nos han de unir.  ¡Abba Padre!