Lectura y lecturas para la vida cristiana: Agustín de Hipona, “Las Confesiones”.

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Uno de los buenos espacios formativos con los que contamos los cristianos y cristianas es la buena lectura, la que nos ayuda a crecer y acercarnos más a la Palabra de Dios. Sería contraproducente invitar a la lectura de la Biblia y sonaría hasta ofensivo, porque damos por hecho su constante lectura.

Hoy se publica mucho, y quedamos absortos ante tanta producción literaria, aunque en realidad no todo merece nuestra atención, pues hay que reaprender a leer para que sea un buen tiempo formativo.

Es un poco extraño que alguien pregunte qué leer, o qué piensa de tal libro, pero los hay. El libro ocupa un espacio único en nuestra formación, ya que desde el púlpito o en nuestros estudios a nivel de iglesia es imposible satisfacer tantas demandas temáticas.

Por otro lado se debe enfrentar la pereza de quienes prefieren escuchar “un tema” a leer un libro, pero los hay. Sin embargo también hay otros que no sólo desarrollan el buen hábito de la lectura, sino que se dejan alimentar por tantos que en algún momento pensaron como Job: “¡Cómo quisiera que mis palabras se escribieran, y que en un libro quedaran registradas!  ¡Cómo quisiera que se grabaran con cincel, y para siempre quedaran esculpidas en piedra! Yo sé que mi Redentor vive…” (Job, 19:23-25), y nos han legado sus “palabras escritas”.

Ahora el desafío es: ¿qué leer?

Hace tiempo leía en una revista de liderazgo cristiano una entrevista a algunos de los líderes de iglesias latinoamericanas sobre cuáles serían los libros que todo cristiano y cristiana debería leer alguna vez en su vida como forma de enriquecerla con la buena lectura, llegando a cinco libros como consenso. Los comparto en orden cronológico:

Las Confesiones, de Agustín de Hipona; El Progreso del Peregrino, de John Bunyan; Discurso a mis Estudiantes, de Charles Spurgeon; El Precio de la Gracia, de Dietrich Bonhoeffer; y Mero Cristianismo, de C.S. Lewis. La elección puede ser valorada o discutida, pero asumiremos el consenso, para efectos de recomendar su lectura y trataremos de encontrar las razones de por qué su elección y relevancia para la vida cristiana. Partiremos de acuerdo al orden presentado, y espero en una próxima oportunidad seguir con cada uno de ellos.

Aurelius Augustinus (Agustín), obispo de Hipona en el norte de África, reconocido como uno de los más grandes padres latinos de la iglesia, nació en el año 354, de madre cristiana, y murió en el 430. Perteneciente a una familia de clase media, en el contexto del Imperio Romano, fue educado en la retórica y en la formación cristiana a partir de su madre, pero apasionado por el teatro y de una falta de dominio de su “pasiones”, que lo llevó a un matrimonio no “oficial”.

Debido a su desilusión con el estilo y forma de la Biblia y más atraído por la filosofía, como ésa búsqueda de la “sabiduría”, se precipitó en el maniqueísmo, renunciando posteriormente a ello debido a que no pudo satisfacer sus pretensiones intelectuales. Convertido en maestro de retórica, se dirigió a Milán para continuar su formación, tentando primero por el escepticismo académico, sucumbió ante la erudita elocuencia y uso de la alegoría, en la predicación por parte de Ambrosio, obispo de Milán.

Su lucha con la fe cristiana llegó a su fin en el 386, cuando tenía treinta y dos años. En medio de su búsqueda y lucha salió al jardín de la casa donde se alojaba en busca de soledad. “El tumulto de mi corazón me sacó al jardín”, escribía en sus Confesiones, “me estaba torciendo y retorciendo en mis propias cadenas”, y al escuchar en el jardín la lectura de Romanos 13:13-14 lo recuerda así: “¿Hasta cuándo, hasta cuándo ¡mañana! ¡mañana!? ¿por qué no hoy? ¿por qué no poner fin a mis torpezas en esta hora?” Decía estas cosas y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón. Mas he aquí que oigo de la casa vecina una voz, como de niño o niña, que decía cantando, y repetía muchas veces: “Toma y lee, toma y lee”.” Al tomar la lectura de Romanos, concluye diciendo: “No deseaba ni necesitaba leer más. De inmediato, con las últimas palabras de esa frase, fue como si una luz de alivio frente a toda mi ansiedad inundó mi corazón. Todas las sombras de duda se desvanecieron.”

Las Confesiones, es un testimonio autobiográfico que abarca desde la infancia hasta su conversión. Como autobiografía “interior”, es una de las obras más originales de la literatura en general, ya que nos presenta de manera reflexiva, a la introspección y a la memoria, como fuente para la literatura. La obra compuesta de trece libros (“capítulos”), básicamente autobiográficos, filosóficos y teológicos, nos cuentan el atormentado recorrido de su viaje hasta llegar a la conversión cristiana. Sus confesiones, no sólo son confesión de los pecados, su miseria, sino que también son una confesión de la gloria de Dios, su grandeza, del ser de Dios. Así que su lectura nos aporta lo que podríamos llamar un camino para encontrar a Dios, para conocerlo, cómo, a través de nuestras propias historias personales. He ahí lo actual de su lectura, que lo han convertido en un clásico de la literatura universal, pero al leerlo debemos ponerlo en su contexto y tiempo.

Su lectura además, es un desafío para nuestros itinerarios de búsquedas de Dios, de la vida, del sentido; pero también para renovar esa disciplina de la confesión tan ausente en nuestros días, a pesar de la aparente comunicación existente. Nos mostramos tremendamente reservados, ajenos el uno del otro, de aquellos procesos de vida que nos han conducido a Dios a partir de nuestras miserias y que finalmente en la gracia de Dios, podemos decir, aún no he llegado a lo que soy en Cristo, porque aún queda mucho por recorrer. En palabras de Agustín podemos decir: “La confesión de las obras malas es el primer comienzo de las obras buenas”.

Buen tiempo de lectura acompañado por Agustín, Las Confesiones.

Santiago Garro Espinosa es Pastor y Profesor de Teología.

Actualmente, hace clases en el Seminario Aliancista de Temuco y Concepción