Educación Sexual: ¿Qué nos motiva y qué implica?

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En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”

1 Juan. 4:18

Educar en sexualidad implica más bien tomar la iniciativa al respecto aprovechando cada momento que se ofrezca de manera natural para hablar con nuestros hijos aun siendo pequeños. ¿Cómo? Haciendo uso de un lenguaje sencillo, directo y apropiado a cada edad evitando hablar desde la experiencia en el área, sea buena o mala, considerando a cambio la objetividad que la misma Palabra nos ofrece.

Autor: Andres Stuardo, Pastor “Nuevas Generaciones” Iglesia Dinamarca

Puede que muchos padres y educadores cristianos estén pensando si es necesario educar en el área de la sexualidad a niños y pre-adolescentes o más bien qué nos debería motivar o porqué hacerlo. ¿Será el deseo de contrarrestar una ideología en particular en la mente de nuestros niños?, ¿nos mueve el pavor que nuestros hijos comentan errores en el área?, ¿es el miedo que sufran abusos o agresiones sexuales en algún momento? Tiempo atrás, antes de iniciar el Programa Ámalos en nuestra iglesia local, muchos padres hicimos estas y otras preguntas que aparentemente reflejaban una preocupación válida pero en el fondo ocultaban miedos y temores infundados que nos impedían amar plenamente a nuestros hijos. En este sentido Dios trajo a la memoria su Palabra afirmando que: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Jn. 4:18). O como bien leí en alguna oportunidad: “Preguntas o afirmaciones nacidas del temor nunca nos llevaran a respuestas plenas de amor. Fue esta premisa que nos ayudó a comprender que toda decisión a tomar, sobre la vida de nuestros hijos, fuera motivada por la lógica del amor y no por el miedo propio de una mentalidad de esclavitud. Así, decidimos discipular a nuestros hijos sobre sexualidad considerando más bien las implicancias que exige formar en el área más que en sus reparos. Compartimos a continuación algunas apreciaciones al respecto:

  1. Educar en sexualidad demanda un diálogo constante. Si bien puede llegar a ser un “logro desbloqueado” hablar libremente del tema en la sobremesa, la mayoría de las conversaciones que padres e hijos tienen sobre sexo son circunstanciales y surgen, por lo general, de problemáticas propias de la pubertad o adolescencia. Educar en sexualidad implica más bien tomar la iniciativa al respecto aprovechando cada momento que se ofrezca de manera natural para hablar con nuestros hijos aun siendo pequeños. ¿Cómo? Haciendo uso de un lenguaje sencillo, directo y apropiado a cada edad evitando hablar desde la experiencia en el área, sea buena o mala, considerando a cambio la objetividad que la misma Palabra nos ofrece. Nuestros hijos deben ver la sexualidad como una bendición de parte de Dios y no como algo sucio o pecaminoso que los condicione en sus futuros matrimonios a una vida sexual frustrada.
  2. Educar en sexualidad implica reafirmar el corazón. La Biblia afirma que hombres y mujeres fueron creados a imagen y semejanza de Dios (Gn. 1:27). Es esa imagen en nuestros hijos la que hemos de reafirmar con palabras y acciones concretas. ¿De qué manera? Orando con y por ellos, bendiciendo sus vidas, valorando su singularidad y corrigiéndoles en amor cuando se equivoquen. Son este tipo de prácticas, intencionadas y permanentes en el tiempo, las que cobran aún mayor importancia al considerar la estrecha relación que hay entre una baja estima personal y el origen de una vida sexual promiscua.3
  3. Educar en sexualidad requiere ofrecer modelos saludables de matrimonio. Bíblicamente, la sexualidad tiene un marco de referencia y es el matrimonio cristiano. Una de las debilidades gubernamentales en materia de educación sexual es desvincular el sexo de relaciones de compromiso de largo aliento como el matrimonio. El énfasis pareciera estar en el ejercicio libre y desprejuiciado del sexo por sobre la educación de los afectos y la voluntad, áreas del ser que inciden en la formación de relaciones duraderas y saludables. Si consideramos la cada vez más baja edad de iniciación sexual (12 a 13 años de edad en promedio) y el alarmante aumento por contagio de VIH en nuestro país (que según datos del segundo semestre del año pasado aumentó en un 66%)4 haríamos bien en reafirmar el matrimonio cristiano donde la complementariedad, fidelidad y respeto necesarios en toda relación de pareja sean modelados hasta el aprendizaje de un sano entendimiento de la corporalidad, el pudor y el decoro.
  4. Educar en sexualidad exige conocer definiciones claves: En medio de un conflicto ideológico, donde hay una lucha por la verdad, manejar ciertas definiciones resultará útil para una orientación efectiva. Por ejemplo, saber diferenciar “sexualidad” de “sexo” o la misma categoría de “genero” resulta clave para nuestros fines. Aún debiéramos hacer un esfuerzo por manejar aquellas nociones que son parte de una nueva narrativa que busca posicionarse en el medio bajo políticas de inclusión como “identidad de género”, “expresión de género” o “identidad sexual”, esto con el propósito de un mayor discernimiento. Por otro lado resulta forzoso conocer las conductas sexuales de riesgo en cada etapa de nuestros hijos. Esto facilitará el reconocimiento de un comportamiento sexual esperado o normal para una edad determinada y cual no lo es. Advirtiendo esto último problemáticas o potenciales abusos que nuestros hijos puedan estar sufriendo.
  5. Educar en sexualidad requiere modelos sanos de masculinidad y femineidad. ¿Qué hay de cierto que los hombres no lloran y las mujeres no pueden jugar fútbol? Si respondemos afirmativamente a esta y otras preguntas similares, no estaremos haciendo más que alimentar estereotipos culturales de lo que implica ser hombre o mujer. En la Biblia podemos encontrar modelos sanos de masculinidad o femineidad si consideramos, desde esta perspectiva, estudios de casos como Esaú y Jacob (Gn. 25:27) o el de Marta y María (Lc. 10:38-42). Sé que este punto puede ser el más conflictivo o difícil de comprender pero imaginemos que Jacob asiste a una escuela pública de nuestro país. Esaú, el “diestro en caza”, podría ser definido como el prototipo de hombre que la sociedad espera: competitivo, dominante y pretendiente. Por contraparte Jacob, como “varón quieto”, no le gusta jugar futbol, no resuelve los problemas con violencia y le resulta más fácil relacionarse con mujeres que con hombres (aunque esto último también lo hace). Es muy probable que a medida que Jacob vaya avanzando en los diferentes niveles de escolaridad vaya siendo objeto de burla por ser “raro” y “diferente” al resto de sus compañeros al punto que realmente termine creyendo que es así. Jacob ciertamente no nació homosexual, el medio lo hizo.5 Nuestros hijos necesitan modelos y no estereotipos sobre los cuales ellos puedan reflejarse siendo afirmados en su identidad sexual.
  6. Educar en sexualidad requiere silenciar ideologías y volcarnos al Evangelio. Cuando hablamos del reino de Dios estamos haciendo referencia al gobierno y señorío de Cristo en cada ámbito de la vida lo cual también incluye el plano amoroso, sexual y erótico sin dicotomía alguna6. Por lo anterior, educar en sexualidad, implica reconocer con humildad hasta qué punto estamos condicionados, ya sea por el conservadurismo ideológico en el cual pudimos haber sido formados, o por una libertad sexual que busque exaltar lo erótico lejos de toda valoración ética que termine distorsionando igualmente el plan de Dios para la sexualidad humana. Lo cierto es que no necesitamos movimientos ideológicos de base que nos recuerden que tenemos el derecho preferente para educar a nuestros hijos porque ello ya fue ordenado por Dios (Dt. 6:4-9) más bien necesitamos volcarnos al Evangelio y desde allí ser capaces de articular respuestas que orienten nuestros matrimonios y familias.

La demanda de antaño sigue siendo la misma: amar a Dios con todo el ser y amar a quienes están a nuestro alrededor donde, ciertamente, nuestros hijos ocupan un lugar importante. Sin embargo nuestro amor hacia ellos será imperfecto si dejamos que nuestros miedos y temores se interpongan. Este es el tiempo para discipular a nuestros hijos en el ámbito de la sexualidad. Las herramientas están, solo requiere voluntad de parte nuestra aceptando los desafíos que implica el hacerlo.-