¿Puede ser?: Cómo transformar el conflicto…en bendición!

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“¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?” (Mateo 18.33)

Los conflictos en las relaciones humanas son algo normal y frecuente, pero ¿cuál debe ser la conducta cristiana en estas situaciones? o ¿cómo actuar para transformar el conflicto en una oportunidad de bendición?

Hasta hace varios años atrás era frecuente que los gerentes de las grandes empresas se relacionaran con sus trabajadores de una manera muy autoritaria. Sin embargo, la fuerza que adquirieron los sindicatos, la evolución de las leyes laborales y el afán por lograr mayores grados de productividad, han llevado a los grandes consorcios a privilegiar la buena comunicación y el buen trato con sus trabajadores. En este proceso, las óptimas relaciones laborales y la eficiente resolución de conflictos que surgen en los grupos humanos, es parte de las obligaciones que hoy tienen dichas jefaturas. La evolución es tal, que ahora el conflicto no se ve siempre como un problema, sino como una oportunidad de desarrollo personal y grupal.

Lo anterior es una enseñanza que ha estado siempre disponible en la Biblia y que pueden aprovechar quienes la consideran “lumbrera en su camino”. La perspectiva de la Palabra de Dios acerca de los conflictos entre las personas no es negativa; sino, al contrario, es una oportunidad de crecimiento. No ocurre así, y sucede lo opuesto, cuando no respetamos los principios que establece la Escritura respecto de cómo debemos relacionarnos con los demás y cómo debemos solucionar nuestros conflictos. Este es un tema muy amplio, pero ahora hablemos de tres principios asociados a la conducta que debemos tener hacia nuestros semejantes en una situación de conflicto, para que el conflicto se transforme en bendición para ambas partes.

Buenas intenciones o buenos propósitos hacia mis semejantes: Lo primero es responder a la pregunta ¿quién es para Dios la persona con la que tengo un determinado conflicto? o ¿cómo ve Dios a esa persona?. La Biblia nos enseña que Dios tiene pensamientos (propósitos, intenciones) de bien hacia nosotros (Jeremías 29.11). Usamos esta enseñanza para fortalecer nuestra fe cuando estamos en pruebas; pero en ella también está implícita la mirada de Dios hacia quienes nos rodean. Por tanto, si Dios tiene siempre pensamientos de bien para mi prójimo ¿qué pensamientos debo tener yo hacia mis semejantes (hermanos de la iglesia, familia, esposo (a), hijos, colegas de trabajo, etc)?

La compasión: Esta es una de las enseñanzas vertidas a caudales en la parábola de El Buen Samaritano. El significado profundo y práctico de esta palabra tan hermosa, recorre de principio a fin esta bella historia. La Ley (El Pentateuco) obligaba a levitas y sacerdotes a ser compasivos con su prójimo, pero no lo fueron. Sin embargo, un samaritano, ampliando el significado de la palabra prójimo (según esta ley: “los de mi pueblo”), fue más allá de la obligación de la ley, dando ejemplo de una compasión concreta y comprometida con su semejante. Así debemos relacionarnos con otros, sentando las bases de la comunicación en la roca de la compasión, porque la compasión es una base solidísima para las buenas relaciones entre personas. Bien dice el final del relato: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10.37).

La imperfección y el perdón: Es casi instintivo que exijamos perfección en los demás, pero incondicional compresión hacia nuestras imperfecciones. Esta es una ecuación absolutamente egoísta, pero frecuente en nosotros. Ocurre así en el matrimonio, en la iglesia, en el trabajo, etc. ¿Qué dice la Biblia? En Mateo encontramos otra más de las clases magistrales del Maestro, aquella que nos cuenta de un deudor a quien cuyo señor perdonó una gran deuda; sin embargo, él fue incapaz de perdonar la deuda mucho menor de su consiervo. No hay muchas vueltas que dar para comprender la enseñanza, pues ésta está claramente expresada en la pregunta: “¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?” (Mateo 18.33)

Concluyo, reiterando las palabras del Señor Jesús: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10.37).