Amar implica actuar

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Decisión que invita a involucrarnos con la realidad social actual.

“Dijo Jesús, Quitad la piedra.” San Juan 11: 39ª

Jesús no quiere que sólo nos quedemos en el pesar, en la congoja o el llanto (Rom.12:15b); este es, sin lugar a dudas, un llamado a involucrarnos activamente para que Él actúe.  Tiene que ver con hacer un esfuerzo que va, muchas veces, contra nuestra lógica humana, porque pueden haber pasado dos mil años desde estos acontecimientos, pero seguimos siendo los mismos, con las mismas dudas y temores, todo desde nuestra perspectiva humana.

Autor: Christian Almendras Espinoza.  1er.Diácono 2ª Iglesia Alianza Cristiana y Misionera de Temuco. Integrante Ministerio de Misericordia. Parte del liderazgo del proyecto “Misión en la ciudad” (atención a personas en situación de calle y/o vulnerabilidad)

Me sorprenderme el pasaje de Las Escrituras que describe la muerte y resurrección de Lázaro, el entrañable amigo de Jesús, descrito con muchos detalles por el Apóstol Juan, en el capítulo 11 del Evangelio homónimo.

Sin duda, podemos descubrir muchas lecciones para el desarrollo de nuestra vida espiritual, una de ellas es el “amor al prójimo”, expresado por el acompañamiento de “los judíos” que, genéricamente, se muestran en Juan 11: 31, 33, 36, 37, quienes estaban allí, a lo menos, porque reconocían a Lázaro y sus hermanas, Marta y María, como parte de su comunidad. Se les describe llorando, tal como Marta y María, sus parientes más cercanos (Juan 11: 33).

Lo interesante de poner un énfasis en aquellos judíos que acompañaban a Marta y María en el dolor por el fallecimiento de su hermano, es tratar de entender que al ver la congoja y tristeza expresadas en las lágrimas de estos judíos, nos permite darnos cuenta de que ese cuadro de profundo desconsuelo no pasó inadvertido, (Juan 11:33) sino que fue una las razones por las cuales Jesús lloró (Juan 11: 35).  Sin duda amaba a Lázaro, lo que queda en evidencia en sus lágrimas, no obstante, hay que dejar en claro que para Jesús nunca fue motivo de discusión la muerte como tal, entendida por nosotros como el fin de la vida y la consiguiente degradación natural del cuerpo que vuelve a la tierra.  De paso nos enseñó que Él es Vida Eterna (Juan 11:25)

De manera directa y sin rodeos, en otro pasaje de Las Escrituras, Jesús nos enseñó a amar a Dios y a nuestro prójimo, como actitud transversal o regente de nuestra existencia (Mateo 22: 37-40).

Por eso, lo que podamos entender de este hermoso pasaje, frente a la perspectiva de estos judíos, tiene que ver con que estaban sufriendo el dolor por la pérdida de un miembro de su comunidad, conscientes, hasta ese momento, de que nada se podía hacer, ya que habían pasado cuatro días desde la muerte de Lázaro, al punto que ya se estaba percibiendo el mal olor de un cuerpo en descomposición (Juan 11: 39b)

Como cristianos, sensibles practicantes del amor al prójimo y conscientes del dolor ajeno, hemos desarrollado diferentes ministerios en nuestras congregaciones, que apuntan a éste énfasis.  Cuando tratamos de atender a viudas, huérfanos, enfermos, personas postradas, menores en estado de vulnerabilidad, personas privadas de libertad, drogadictos, alcohólicos, inmigrantes, personas en situación de calle; sea que esto lo desarrollemos con comedores abiertos, albergues, hogares de refugio, tal vez con trato directo o acompañamiento espiritual; todos los ministerios nos enfrentamos a la incertidumbre de que si lo que hacemos tendrá el resultado que buscamos, olvidando, muchas veces, que los tiempos y el poder para que ello ocurra no son nuestros, simplemente somos los que lloramos o acompañamos en el dolor.

Jesús no quiere que sólo nos quedemos en el pesar, en la congoja o el llanto (Rom.12:15b); este es, sin lugar a dudas, un llamado a involucrarnos activamente para que Él actúe.  Tiene que ver con hacer un esfuerzo que va, muchas veces, contra nuestra lógica humana, porque pueden haber pasado dos mil años desde estos acontecimientos, pero seguimos siendo los mismos, con las mismas dudas y temores, todo desde nuestra perspectiva humana (Juan 11:37).  Consecuente con esa lógica pensamos que perdemos tiempo con el drogadicto o el alcohólico o que aquel que ha perdido su hogar no lo recuperará.

Definitivamente, es en los tiempos de Jesús que el drogadicto dejará la droga, el alcohólico su adicción, quien vive en la calle volverá a su casa o tendrá su hogar.  Me atrevo a pensar que nuestro Señor quiere que suframos el dolor y la angustia del afligido, y eso toma tiempo. Ciertamente, su deseo es que nos involucremos con quien necesita de nuestra compañía, porque indefectiblemente Jesús está llorando junto al que sufre por el dolor de otros.

Con toda seguridad, Jesús pudo haber removido sin ningún problema la gran piedra que cerraba el acceso a la tumba de Lázaro, pero quiso que los observadores de aquel tiempo se sintieran parte de aquella poderosa muestra de amor y poder divinos. (Juan 11: 39a)

En nuestros días, nuevamente Jesús, quiere involucrarnos con “el amor al prójimo” en su obra maravillosa de restauración (Hechos3:21), en todos aquellos lugares de nuestra sociedad donde pensamos que el mal olor es significado de muerte, que nada más se puede hacer, es precisamente ahí donde nos manda a “quitar la piedra” o dejar pasar o quitar el obstáculo, para permitirle hacer lo que Él ha decido hacer desde antes de que ocurriera.

No sabemos si fueron algunos o todos los judíos, aludidos por La Escritura, los que obedecieron a la orden de Jesús y consideraron tomar parte en remover la piedra de una sepultura de varios días; si de algo podemos estar seguros, es de que todos fueron testigos al ver manifestada la gloria de Dios.